jueves, 10 de julio de 2014

El Hombre protón 9

La semana antes de morir mi padre me llamó al despacho. Está en la avenida principal del pueblo. Sin lujos. Tiene una mesa, dos sillas, una para los clientes y otra para él. En las paredes, nada, salvo un reloj, siempre con diez minutos de adelanto. Sobre su mesa un lapicero, muchos bolígrafos, un par de cuadernos de espiral, una lámpara y, por supuesto, el teléfono, siempre el maldito teléfono, de día y de noche, en la oficina y en casa. La gente no tiene piedad.
Mi padre estaba sentado. Miraba por encima de sus grandes gafas de pasta negra. Vestía una camisa blanca, corbata y pantalones de tergal negros. Siempre igual, no lo recuerdo vestido de otra manera. En la mano derecha el Bic, de punta fina, en la izquierda el Ducados humeante. Odiaba el olor del tabaco, salvo el de mi padre.
 Hacía meses que no pasaba por la oficina, no le gustaba que merodease  por allí. Nunca quiso enseñarme el oficio. Mi padre se dedicaba a los seguros, además maneja el papeleo de medio pueblo. Era un hombre muy preparado, no se sabía muy bien en qué, pero sabía defenderse de la administración y de los paisanos, y eso era muy apreciado por la gente del pueblo. Los más viejos le llamaban Don Leopoldo, a mí, me hacía gracia.
-Siéntate Andrés-. Nunca me llamó hijo. Andrés fue lo más próximo que estuvo de algo cariñoso. No sé si mi padre me quería, yo sí lo quería, demasiado, por eso me dolía tanto que no me mostrase su cariño. Obedecí, siempre lo hacía. Yo no dije nada, siempre esperaba que él tomase la palabra.
-Hijo, no me andaré con rodeos, ya sabes como soy. Me muero-. No entendí muy bien que quería decir aquello. Él no era amigo del llanto o de la risa, decía las cosas como eran.
-No le entiendo padre-. Dejo su bolígrafo y se subió las gafas. Dio una honda calada a su cigarrillo y se recostó sobre la silla. Se me quedó mirando.
-Tengo que contarte algunas cosas antes de que llegue el momento de que te quedes solo-. Parecía que mi padre iba en serio.  Es cierto que las últimas semanas había perdido peso, pero no me pareció algo anormal. Supuse que con la crisis querría aprovechar la ropa de cuando era más joven.

-Dígame padre-. Así eran las cosas entre nosotros, sin dramatismos.

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