No hay disculpa para ningún delito. Estas palabras estaban marcadas a fuego en el cabeza de Baraona. Él sabía perfectamente que esas ideas eran pura fantasía. Un hombre puede cometer un delito por incontables causas y si escuchamos sus puntos de vista, al final, la mayoría nos parecen razonables. Por eso era tan bueno Baraona, la empatía. Era capaz de ponerse en el lugar del más despiadado de los delincuentes, cualesquiera que hubieran sido sus actos. A veces parecía que entraba en trance cuando leía aquellas montañas de papeles relacionadas con aquellos individuos. Para sus adentros, siempre se repetía la misma frase,- sólo son hombres, como yo.
No le gustaba beber, pero lo necesitaba para encontrar la inspiración, la musa, aquello que le llenaba de esos mosquitos que le susurraban los caminos que debía seguir.
Ese cuadro, qué demonios tenía ese cuadro. Se metió en internet y vio las fotos de la pintura. Se acordó de cuando era joven, del instituto. Cómo era posible que hubiese más de cien fotos y todas con colores distintos, ¿cuál sería el auténtico?
Una mujer lavando los pies a una niña, tapada ésta con un paño blanco. Un mueble. Una alfombra, Papel pintado. Un jarrón con agua. La palangana. ¿Qué, qué, qué?
¿Qué estaba buscando?
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