Allí estaba esa zorra. La rubia que había acabado con toda mi felicidad. Ya no me importaba nada. Sólo quería acabar con ella. Estaba tumbada, tomando el sol o qué se yo, se untaba con ese líquido que tanto nos gusta a los moscas.
Saltaría sobre su cabellera y ...y ...y ¿y qué podía hacer una mierda de mosca como yo? Aquella tipa era enorme. Sí le metía la quijada en el cráneo, apenas sentiría nada, una pequeña molestia y encima de un plumazo me fulminaría. Tenía que pensar en la forma de aniquilar a esa bestia, en la forma en cómo un mosca se podía cargar a un Cabeza Gorda.
(Nota del autor: ante la ausencia de ideas, se pide a la concurrencia imaginación y ayuden a esta modesta persona a encontrar el remedio para mi querido Pepe el Mosca)
Así pasaron las horas del día y quedó dormidito, acurrucadito, esa bestia asesina sin corazón que era el Hijoputa.
Juan Antonio
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