jueves, 29 de mayo de 2014

Cuento segundo

Las cucharas de metal son muy especiales. Sólo les gusta estar con cucharas de su misma especie. Las mejores cucharas son las de acero inoxidable, duran para siempre y nadie quiere robarlas. Las de plata son demasiado delicadas y a veces demasiado golosas para aquellas manos que tratan de quedarse con ellas. Las cucharas de plástico, son las menos queridas de todas, nadie cuenta con ellas. Se usan y se tiran. Nadie las roba.
Una cuchara de metal se enamoró de una cuchara de plástico. En seguida fueron desterradas del cucharero y condenadas a vivir con el abrelatas y el afilador oxidado.
 Cuando había un cumpleaños, la cuchara de metal se ponía encima de la cuchara de plástico para que ellos no la usasen y la tirasen. Así durante años. Tanto amor se vio reflejado, como no, en un nuevo instrumento para la cocina. Nadie sabe para que sirve, pero es el fruto del amor y además, la envidia de todo el cajón de los cubiertos.
Jon Barcam

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