Necesito un punzón.
Si te pillan no quiero saber nada.
No te preocupes.
Te costará seis cajetillas de tabaco, rubio.
Sólo tengo tres.
No hay trato.
Te daré las fotos de Charlín.
¡Todas!
Todas.
Tres días después Tom tenía su punzón. Sentado en su cama pensaba en el sitio mas seguro para esconderlo. El colchón. El water. Lo mejor sería llevarlo siempre encima.
Recordó la palabras del Conseguidor,- ¿a quién te quieres llevar por delante?
Había leído un libro en su vida y lo había hecho hacía dos semanas. El señor Smith, el bibliotecario de Boston que había asesinado a su mujer, se lo recomendó para pasar el tiempo.- este libro te quitará de los malos pensamientos-. Devoró el libro. No recordaba haber puesto tanto interés por algo en su mísera vida.
Apagaron las luces. Cinco minutos. Trató de escuchar las primeras respiraciones acompasadas. Era el momento de empezar.
Uno, dos, tres, cuatro hasta cinco meses tardó en hacer un pequeño agujero en la pared.
Con el primer y único rayo de luz recordó el olor de la ropa recién lavada. Recordó el vestido levantado de madre. Padre agarrado a su cintura. Beso lento. Sudor. Cerveza. Al final, la nada.
Tom, ¿en qué demonios estabas pensando?, ¿crees qué no nos daríamos cuenta?-. El director le tenía aprecio, no era mal tipo.
Señor, no puedo garantizarle que vuelva a intentarlo.
Tom, Tom, Tom, tu celda da al patio, es imposible que te escapes de esta prisión.
Pero señor, yo no pretendo escaparme.
(una pequeña risa, seguida de una cara de incredulidad, pretendían hacer hablar a Tom)
Señor, sólo pretendo ver molinos de viento.
...
Jon Barcam
No hay comentarios:
Publicar un comentario