sábado, 31 de mayo de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 2.

2.
            - Te dije ciento cincuenta palabras-. Fermín no levantó la mirada de la cuartilla. Julio sabía que no había cumplido con el trato, pero las palabras van por detrás del pensamiento cuando no se toma el tiempo necesario.
            - No he sido capaz.
            -¡Y una mierda! -Julio se asustó, Fermín no hablaba de esa manera.- perdona Julio, necesito algo mejor y esto...- Fermín era implacable con sus encargos-, por favor, sé que esto está muy lejos de lo que me puedes ofrecer- Julio descolgó su cabeza, sus hombros, la rendición merodeaba.- Hijo, esto es solo el comienzo, nadie dijo que fuese fácil.

            Julio se levantó de la silla, agarró la cuartilla y arrugándola con rabia, se la metió en el bolsillo de su pantalón. Ese día no podría ver más allá de su propio pensamiento. Fermín respiró hondo, entre aliviado y ansioso, había encontrado a un posible heredero, sólo necesitaba tiempo. Ninguno de sus pupilos había conseguido la perfección anhelada; en el último momento, la ambición del novicio devoraba al talento. Última oportunidad para Fermín. Años de fracasos le habían dado la experiencia y el coraje necesarios para no tener prejuicios, el alma de la reinvención objetivo es. El plan estaba en marcha.

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