Mi padre me miraba como una serpiente. Sus ojos siempre clavados en los míos. Su cabeza se movía de un lado a otro. No había escapatoria.
Mi madre trataba de quitarle hierro al día a día. Su frase,-déjalo Alonso-. Nunca sirvió para nada. Estaba seguro que le servía de acicate para torturarme con mayor minuciosidad.
Un día le quité el arma reglamentaria y maté a mi madre.
Supongo que conseguí que todo cambiase, nunca volvió a maltratarme de la misma manera.
Jon Barcam
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