jueves, 12 de junio de 2014

Diego Lobo, mucho más.


Centro de Entrenamiento Militar El Carrucho.
Ministerio de Defensa.
Hora: Indeterminada
Sito: Lugar indeterminado entre las provincias de Cáceres y Salamanca.

            El autobús de Avanzabus paró en un lugar llamado Madrigal de la Vera. En seguida Diego pudo adivinar que se trataba de una localidad de Extremadura, más que nada porque se lo preguntó al conductor del autobús durante el viaje, al menos en siete ocasiones. El conductor sólo se limitó a contestarle las tres primeras, luego lo tomó por el típico tonto que monta en el autobús de línea.
             Los últimos cien kilómetros iba diciéndose para sus adentros- tengo que advertirle al conductor que no se vaya porque tengo que coger mi equipaje, ahí llevo todas mi cosas, incluidas las medicinas y parte del dinero que me ha dado mi padre, pero no sé en qué momento he de decírselo para no parecer un idiota, ¿espero a que me apee o debo decírselo ya?, imagino que él debe de saber que metí mi maleta en el gran maletero del autobús…- Estaba claro que las emociones de Diego estaban descontroladas, todo era nuevo, se había lanzado por fin a luchar con todas sus fuerzas contra aquello que le había atormentado los últimos quince años y lo mejor era que por primera vez alguien le había inspirado la suficiente confianza para hacerlo.
            Para sus adentros estuvo repasando segundo por segundo toda la última conversación que había tenido con el doctor Cuello de Oro.- Creo que me dijo que sólo llevase tres pares de calzoncillos, pero luego mi padre me hizo dudar, y he metido veinte pares, nunca se sabe, a lo mejor todo va más lento de los esperado y tengo que estar más días en ese lugar.
            De lo que iba a consistir la terapia apenas sabía nada. El doctor le dio el billete para el autobús y sólo le pidió que llevase una pequeña maleta con aquello que fuese más imprescindible para él, fármacos, alguna crema especial, en definitiva enseres que su equipo no pudiera proporcionarle de primeras. De los calzoncillos no dijo nada. Todo lo demás se lo proporcionarían en el lugar donde se produciría su milagrosa recuperación.
            Bajó del autobús y un hombre de vestido con chándal rojo se le acercó.
            -¿Don Diego Lobo? Aquel hombre presentaba un aspecto de lo más normal, a pesar del color de su chándal.
            - Sí, soy yo, pero, por favor, llámeme Diego-. Nunca le había llamado de don y no le gusto, le daba la sensación de ser una persona más mayor de lo que era y en realidad le aterraba envejecer.
            Un todo terreno de esos hindúes con tanto éxito durante los años ochenta sería el medio de transporte. Diego había cogido su bolsa de viaje del autobús de ruta. No le pareció extraño que aquel individuo no se presentara, pero sí se extrañó cuando cogió de malas maneras su bolsa de viaje y la arrojó con desdén al maletero del viejo todoterreno.
            En seguida se hizo de noche, estaba al principio de la primavera y todavía oscurecía temprano. Diego preguntó cuánto duraría el viaje, pero aquel tipo de chándal rojo ni si quiera le miró para contestarle. Diego trató reflexionar y mostrar su cara menos obsesiva y pensó que era sordo, -¡no podía haber gente tan mal educada!, con la pasta que dice papá que cuesta el tratamiento todo tenía que ser amabilidad y buenos modales.
            Después de casi una hora de viaje, más de la mitad por caminos de tierra, llegaron a lo que parecía el destino. Diego apestaba, después de la tercera vomitona dejó de pensar, sólo trató de conservar la poca dignidad que le quedaba. Con los ojos casi cerrados pudo ver una cancela y sobre ella un letrero. Al principio no le dio la mayor importancia, lo típico de propiedad privada o prohibido entrar, pero siguió leyendo el resto del texto y su sorpresa fue mayúscula.
            -¿Perdone caballero que le moleste, ahí pone instalaciones militares?-. Su voz estaba entre quebrada y gangosa. De un momento a otro se iba a poner a llorar. Miró al cielo para evitar que sus lágrimas no brotaran, pero le fue imposible. Era lo peor, no poder llorar a gusto. Por supuesto, aquel individuo seguía sin hablarle, a Diego le daba lo mismo, por alguna razón pensaba que estaba a punto de pasarle algo que se escapaba a su control por primera vez en su vida y el miedo que sentía era diferente al que sentía cuando estaba obsesionado. Estaba igual de asustado, pero en realidad pensó,- entonces esto es el miedo de verdad, ¡bah!, el mío es más jodido.
            Sólo media hora más de viaje a ninguna parte, entre árboles achaparrados, que debían ser encinas y el olor a jara, un olor que le traía recuerdos de familia, domingos, futbol, primos. Aquel coche paró, tocó su claxon ante una cancela. Un pórtico rectangular, pintado de blanco anunciaba lo que pareció una lectura equivocada, ¡ya no había duda!, Centro de Entrenamiento Militar El Carrucho, Ministerio de Defensa.
            El coche paró delante del único edifico que se divisaba a esa hora de la noche. En la pequeña escalinata se adivinaba la figura de una persona, parecía que iba vestido con una bata, su rostro no se distinguía en la oscuridad. El del chándal rojo se apeó del coche, no se cortó en describir la situación al otro individuo.
            -Viene hecho una porquería, ha vomitado seis veces, está llorando y seguro que se ha cagado. El individuo soltó la bolsa de viaje de Diego a los pies de aquel tipo y se marchó.
            Aquel hombre se fue acercando poco a poco al coche, Diego no veía nada. Ya estaba a su lado, pero a Diego le daba miedo levantar la cabeza para saber quién era aquel tipo, después de tan tremendo viaje parecía que ya se esperaba cualquier cosa. Sintió una mano sobre su hombro y la voz que oyó le devolvió a la vida.
            -Diego… Diego… Diego, espero no haberme equivocado contigo.

            -Doctor Cuello de Oro, se le olvidó decirme que también era militar.

Jon Barcam

No hay comentarios:

Publicar un comentario