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La
tía Encarna le había pedido al empleado del ayuntamiento que no tapase el
ataúd; su hermano había sido una persona muy querida por la comunidad y los
vecinos tenían derecho a despedirse de él -como Dios manda.
Vivíamos
en un pueblo, el alcalde entrante llevaba en su programa electoral la promesa
de construir un tanatorio y así poder estar a la altura de nuestros vecinos,
los de la Grimalda, pero una vez tomado el mando y auditar las cuentas, todo lo
prometido quedó en asqueroso papel mojado. El nuevo alcalde que era-
hombre de palabra-, como a él le gustaba definirse, decretó que todos aquellos que necesitasen la casa consistorial para velar a
sus familiares muertos, podían utilizar el salón de plenos, con la excepción de
que estuviese reunido él mismo con el resto de ciudadanos libremente elegidos. En ese caso, el ataúd y todo lo que le
acompañase irían a los garajes situados en la parte trasera. Así era Don Leopoldo.
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Jon Barcam
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