En frente de
la empalizada enemiga había un kiosco de helados. La calle, arrasada. No
quedaba una ventana, ni hablar de los cristales. El dueño del kiosco se marchó
con prisas, había dejado fuera el cartel
de los helados. Por un momento, Smith pensó que alguien podría llevárselo. Una
ráfaga de viento arrastró el cartel unos metros, al final cayó. Sin
pensarlo, se levantó. El sargento, siempre atento de los suyos, lo agarró por
la guerrera.
-¿A dónde vas
Smith?-. En la pregunta se dejó la vida, como siempre.
-Voy a recoger
el cartel de los helados-. Su convicción era absoluta.
-¡Tú eres
tonto!- Bramó el sargento Di Maccio. -En cuanto asomes un sólo pelo, te volarán
esa estúpida cabeza.
-Pero señor…
En ese momento
los dos soldados se miraron, Smith sonrió. El sargento le devolvió la sonrisa y
le pasó su sucia mano por su cara. Smith cerró los ojos. Estaba en casa.
Jon Barcam
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