El frío de la mañana arrancó de su cuerpo la impaciente necesidad
de orinar. La ausencia de control le hizo exigir a su acompañante parar en una
alejada estación de servicio. Las odiaba. Le daban asco.
Allí estaba, de pie, frente al urinario. La porcelana parecía que
hubiese sido puesta por error en la vieja pared, mitad desconchada, mitad
alicatada a base de rancios azulejos descoloridos. Un incontrolado hilo de agua
dejaba la marca cetrina de la vejez, de la ausencia de interés por el
desgastado negocio.
-¡No soporto estas situaciones!-. Fermín estaba asustado-, ¡joder,
joder, joder!-. Parte de la personalidad de Fermín era así. A pesar de los años
no podía controlar su ansiedad ante un momento que él calificaba para sus
adentros como fatídico. Recordó la vez anterior, demasiado duro, demasiado
extraño para un hombre corriente. Bajo la excusa de la enfermedad sobrevenida,
el progenitor de otro magnífico alumno desapareció todo el fin de semana.
Recluido en su habitación, la madre no paraba de excusarse por la cobarde
ausencia. Fermín se prometió no volver a cometer la misma torpeza. Pero cuando
el veneno entra en el cuerpo, la necesidad se vuelve vampírica,-este será mi
último intento-, no paraba de repetirse en los momentos de duda. Además, había
algo más, el deseo.
Volvió al coche en apenas dos minutos, sacudía sus manos a la vez
que maldecía el local. Montó deprisa en el coche, Julio lo puso en marcha y
empezó a moverse con la lentitud del que no se atreve a decir nada, con la
lentitud del “no molesten“.
-¿Quieres tomar un café?, apenas quedan veinte kilómetros-. Julio era
consciente del cambio de tonalidad de Fermín,
a pesar de todo, se vio obligado a preguntarle.
-¡No! ¡Odio estos sitios! Está bien tomaré una manzanilla-. Julio
percibió esa parte del hombre que hasta ahora se había negado. Le vino a la
cabeza lo que un desconocido le dijo a las puertas del departamento los
primeros días en que se dejó caer por allí- con los meses se convierte en el
mismísimo diablo-, en ese instante pensó que eran los complejos de algún pretendiente
abandonado en el zaguán de la vida soñada.
Julio volvió a estacionar el coche en el mismo lugar de donde se
había separado hacía pocos segundos. Freno de mano lento, pensativo, calculando
si todo aquello había sido un error, un escalofrío recorrió su cuerpo. Su padre,
su padre, su padre escaneaba el alma de todo ser vivo, nunca fallaba. Era el
instante, el momento preciso en el que descifró las sentencias de don Rafael,
el viejo profesor de filosofía,- chavales, la educación es como el aire,
siempre está, no paramos de respirar, no paramos de aprender, aunque no
queramos, cada palabra, cada gesto, cada molécula que nos rodea puede
condicionarnos nuestra vida-. Eso era precisamente lo que había hecho su padre,
de cada palabra, de cada gesto, de cada molécula que su padre había depositado
en él, sólo una idea se había apoderado de todo su ser, el miedo. Un miedo
sutil, imperceptible, condicionante de cada instante, el peor de los miedos, el
que no se reconoce como tal.
-¿Quieres que te hable de mi padre?-. La falta de curiosidad de
Fermín molestaba profundamente a Julio.
- ¿Necesitas hablarme de tu padre?- Fermín trató de concentrarse
en algo que le distrajese de sus pensamientos obsesivos. En realidad, en ese
momento de su vida, no le importaba mucha gente y menos el padre de uno de sus
alumnos. Curiosamente, casi todos ellos sentían la necesidad de hablar de sus
progenitores.
- Sólo quiero ponerte sobre aviso-. Julio lo necesitaba.
- Adelante, créame prejuicios-. Fermín era implacable.
- Es mala persona.- No dudo ni un instante. Esas palabras,
resumían una vida.
Fermín, en los primeros años, ejerció como médico de cabecera en
un pequeño pueblo de Toledo. Había oído muchas veces hablar a hijos de padres,
a padres de hijos, la gente utilizaba el médico para desahogarse, el catarro se
convirtió en la salvación, en la válvula de escape de tantas miserias
familiares. Por eso, aquellas palabras de Julio no eran para él desconocidas,
eran los viejos recuerdos de otra vida.
Fermín vio al niño atrofiado que jamás se convertirá en hombre, la
debilidad humana y la gran pregunta, por qué estaban allí, por qué iban a aquel
lugar; se preguntó si todo aquello no era un plan minuciosamente trazado por un
estudiante con ganas de plantarle cara al padre omnipotente. Qué debía decir,
que debía hacer. Posó su mano sobre el muslo de Julio y lo palmeo con suavidad
varias veces, finalmente lo agarró con fuerza,- no te preocupes, somos listos,
nos haremos con ese mal bicho-. Julio esbozó una leve sonrisa tapado por sus
gafas de sol negras. No volvió a abrir la boca hasta que llegaron al pueblo.
-Vamos al Ayuntamiento, mi padre es el alcalde.
Jon Barcam
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