lunes, 16 de junio de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 22

El frío de la mañana arrancó de su cuerpo la impaciente necesidad de orinar. La ausencia de control le hizo exigir a su acompañante parar en una alejada estación de servicio. Las odiaba. Le daban asco.
Allí estaba, de pie, frente al urinario. La porcelana parecía que hubiese sido puesta por error en la vieja pared, mitad desconchada, mitad alicatada a base de rancios azulejos descoloridos. Un incontrolado hilo de agua dejaba la marca cetrina de la vejez, de la ausencia de interés por el desgastado negocio.
-¡No soporto estas situaciones!-. Fermín estaba asustado-, ¡joder, joder, joder!-. Parte de la personalidad de Fermín era así. A pesar de los años no podía controlar su ansiedad ante un momento que él calificaba para sus adentros como fatídico. Recordó la vez anterior, demasiado duro, demasiado extraño para un hombre corriente. Bajo la excusa de la enfermedad sobrevenida, el progenitor de otro magnífico alumno desapareció todo el fin de semana. Recluido en su habitación, la madre no paraba de excusarse por la cobarde ausencia. Fermín se prometió no volver a cometer la misma torpeza. Pero cuando el veneno entra en el cuerpo, la necesidad se vuelve vampírica,-este será mi último intento-, no paraba de repetirse en los momentos de duda. Además, había algo más, el deseo.
Volvió al coche en apenas dos minutos, sacudía sus manos a la vez que maldecía el local. Montó deprisa en el coche, Julio lo puso en marcha y empezó a moverse con la lentitud del que no se atreve a decir nada, con la lentitud del “no molesten“.
-¿Quieres tomar un café?, apenas quedan veinte kilómetros-. Julio era consciente  del cambio de tonalidad de Fermín, a pesar de todo, se vio obligado a preguntarle.
-¡No! ¡Odio estos sitios! Está bien tomaré una manzanilla-. Julio percibió esa parte del hombre que hasta ahora se había negado. Le vino a la cabeza lo que un desconocido le dijo a las puertas del departamento los primeros días en que se dejó caer por allí- con los meses se convierte en el mismísimo diablo-, en ese instante pensó que eran los complejos de algún pretendiente abandonado en el zaguán de la vida soñada.
Julio volvió a estacionar el coche en el mismo lugar de donde se había separado hacía pocos segundos. Freno de mano lento, pensativo, calculando si todo aquello había sido un error, un escalofrío recorrió su cuerpo. Su padre, su padre, su padre escaneaba el alma de todo ser vivo, nunca fallaba. Era el instante, el momento preciso en el que descifró las sentencias de don Rafael, el viejo profesor de filosofía,- chavales, la educación es como el aire, siempre está, no paramos de respirar, no paramos de aprender, aunque no queramos, cada palabra, cada gesto, cada molécula que nos rodea puede condicionarnos nuestra vida-. Eso era precisamente lo que había hecho su padre, de cada palabra, de cada gesto, de cada molécula que su padre había depositado en él, sólo una idea se había apoderado de todo su ser, el miedo. Un miedo sutil, imperceptible, condicionante de cada instante, el peor de los miedos, el que no se reconoce como tal.
-¿Quieres que te hable de mi padre?-. La falta de curiosidad de Fermín molestaba profundamente a Julio.
- ¿Necesitas hablarme de tu padre?- Fermín trató de concentrarse en algo que le distrajese de sus pensamientos obsesivos. En realidad, en ese momento de su vida, no le importaba mucha gente y menos el padre de uno de sus alumnos. Curiosamente, casi todos ellos sentían la necesidad de hablar de sus progenitores.
- Sólo quiero ponerte sobre aviso-. Julio lo necesitaba.
- Adelante, créame prejuicios-. Fermín era implacable.
- Es mala persona.- No dudo ni un instante. Esas palabras, resumían una vida.
Fermín, en los primeros años, ejerció como médico de cabecera en un pequeño pueblo de Toledo. Había oído muchas veces hablar a hijos de padres, a padres de hijos, la gente utilizaba el médico para desahogarse, el catarro se convirtió en la salvación, en la válvula de escape de tantas miserias familiares. Por eso, aquellas palabras de Julio no eran para él desconocidas, eran los viejos recuerdos de otra vida.
Fermín vio al niño atrofiado que jamás se convertirá en hombre, la debilidad humana y la gran pregunta, por qué estaban allí, por qué iban a aquel lugar; se preguntó si todo aquello no era un plan minuciosamente trazado por un estudiante con ganas de plantarle cara al padre omnipotente. Qué debía decir, que debía hacer. Posó su mano sobre el muslo de Julio y lo palmeo con suavidad varias veces, finalmente lo agarró con fuerza,- no te preocupes, somos listos, nos haremos con ese mal bicho-. Julio esbozó una leve sonrisa tapado por sus gafas de sol negras. No volvió a abrir la boca hasta que llegaron al pueblo.

-Vamos al Ayuntamiento, mi padre es el alcalde.

Jon Barcam

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