Miguel llevaba
meses esperando la oportunidad. Vigilaba la habitación de sus padres cada vez
que volvía del colegio. No se atrevía a dar el paso. Mamá dejaba abierta la
puerta. Por el hueco podía ver trozos de cosas. La mesilla de papá, una lámpara
de noche, un vaso de agua, un despertador. Pero su vista buscaba otra cosa. Su
cuerpo se estremecía al pensar en el momento en el que sus pies, sus pies...
El
domingo Miguel se levantó tarde. Sus padres ya habían desayunado. Mamá se había
ido con Marisa al médico, estaba resfriada. Oía la voz de su padre que le
decía- ahora te pongo el desayuno Miguel- las palabras se hacían cada vez más
audibles. Cuando apareció en la cocina, llevaba unas zapatillas nuevas, ¡eran
horribles!
Terminó
su desayuno y recogió el tazón de leche. Al acercarse a la pila vio por la
ventana el cubo de la basura. Allí estaban. No se lo pensó dos veces, ¡a por
ellas!
Estaban frías,
pero fue la primera vez que se sintió como un hombre.
Jon Barcam
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