miércoles, 11 de junio de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 13

Mikel estaba sentado en el borde derecho de la cama. Era extraño. Tenía una perspectiva de la habitación desconocida. Es curioso cómo cambia tu modo de ver la vida con solo desplazarte unos metros. Es difícil.
Parecía que se movía a cámara lenta. Dejó caer su cuerpo sobre la almohada. Estaba más dura que la suya. Fue una de las condiciones de la vida en pareja que puso Olvido,- cada uno tendrá su propia almohada. El olor era agradable, era el olor de Olvido por las mañanas, dulce y caliente a la vez.
Los primeros años era imprescindible que ella mantuviese el contacto con él en todo momento. Un roce con el pie, unos dedos tonteando, un pedo. Animales salvajes.
Trataba de recordar cuando se acabó todo. No paraba de preguntarse desde que Olvido se marchó a Barcelona, qué había pasado, cuándo había pasado, por qué no había hecho nada para remediarlo. La obsesión por buscar la respuesta lo tenía estancado, su pensamiento giraba en torno a círculos concéntricos infinitos.
Habían pasado seis meses. Al principio sólo salía de casa para ir al médico, en Delicias, la baja fue instantánea, sabía cuáles eran las palabras clave,- doctor no tengo ganas de vivir-. No hubo más preguntas, sólo un volante para el especialista. Después del segundo parte de confirmación no volvió a aparecer por allí.
La casa era el único lugar donde se sentía seguro. Nadie llamó, compañeros del trabajo, el médico, el casero. Nadie.

El martes por la mañana un agente judicial golpeo la puerta. En pocos segundos un cerrajero abrió la puerta. El funcionario y dos policías se colaron en la casa. El olor, pura nostalgia. La cocina. El cuarto de baño. El salón. Mikel.

Jon Barcam

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