Mikel estaba sentado en el borde derecho de la cama. Era extraño.
Tenía una perspectiva de la habitación desconocida. Es curioso cómo cambia tu
modo de ver la vida con solo desplazarte unos metros. Es difícil.
Parecía que se movía a cámara lenta. Dejó caer su cuerpo sobre la
almohada. Estaba más dura que la suya. Fue una de las condiciones de la vida en
pareja que puso Olvido,- cada uno tendrá su propia almohada. El olor era
agradable, era el olor de Olvido por las mañanas, dulce y caliente a la vez.
Los primeros años era imprescindible que ella mantuviese el
contacto con él en todo momento. Un roce con el pie, unos dedos tonteando, un
pedo. Animales salvajes.
Trataba de recordar cuando se acabó todo. No paraba de preguntarse
desde que Olvido se marchó a Barcelona, qué había pasado, cuándo había pasado,
por qué no había hecho nada para remediarlo. La obsesión por buscar la
respuesta lo tenía estancado, su pensamiento giraba en torno a círculos
concéntricos infinitos.
Habían pasado seis meses. Al principio sólo salía de casa para ir
al médico, en Delicias, la baja fue instantánea, sabía cuáles eran las palabras
clave,- doctor no tengo ganas de vivir-. No hubo más preguntas, sólo un volante
para el especialista. Después del segundo parte de confirmación no volvió a
aparecer por allí.
La casa era el único lugar donde se sentía seguro. Nadie llamó,
compañeros del trabajo, el médico, el casero. Nadie.
El martes por la mañana un agente judicial golpeo la puerta. En
pocos segundos un cerrajero abrió la puerta. El funcionario y dos policías se
colaron en la casa. El olor, pura nostalgia. La cocina. El cuarto de baño. El
salón. Mikel.
Jon Barcam
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