Tengo la cabeza pegada al suelo. Creo que estoy muerto. Mi ojo
derecho no alcanza a ver más allá de una roca insuperable. Sí, estoy muerto. Mi
madre me ha dado un beso.
- Hijo, toma el bocadillo. Acuérdate de tomar la pastilla. Dile a
don Federico que te deje ir al servicio. Habla con tu prima, la tía me ha dicho
que no juega con nadie en los recreos. ¿Este sacapuntas es tuyo?. Abrígate, hoy
hace frío. Dale un beso a tu padre.
-Vale mamá…ahora no puedo…me tengo que ir…
-¡He dicho que le des un beso a tu padre!- Cierro la puerta, mi
cabeza parece desnortarse. Tomó el camino hacia la cocina. Allí estaba, sentado,
sin querer mirar, intuyendo la presa, el depredador.
Acerco la mejilla. Cartón
seco, frío, áspero. Roce. Sudor. Finos labios de niño.
El diablo acerca su boca
maloliente a la oreja enrojecida. Susurra,- pequeño cabroncete, en esta casa
harás lo que yo te diga.- La lengua serpenteante lija la carne del ternero.
-Papá, ¿lo vas a matar?,- hija, ya sabes que sí. A Manuel le
molestaba profundamente que Teresa le hablase de esa manera, ¡ya sabía que lo
tenía que matar! Con los años le costaba cada vez más, los hijos cambian a los
hombres.
- No me gusta que hables de estas cosas Teresita…
-¡Pero papá…!
-¡Teresa Santos Prieto!- Juana Prieto no dejaba pasar ni una a la
chiquilla. El imperio se había construido con mano muy dura. Manolo y Juani
creían en el respeto, los chavales no, siempre la misma historia. Teresa aprendería
y luego decidiría. En la vida de un jefe no hay democracia, salvo la que uno
mismo se imponga.
Jon Barcam
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