martes, 10 de junio de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 9


Tengo la cabeza pegada al suelo. Creo que estoy muerto. Mi ojo derecho no alcanza a ver más allá de una roca insuperable. Sí, estoy muerto. Mi madre me ha dado un beso.
- Hijo, toma el bocadillo. Acuérdate de tomar la pastilla. Dile a don Federico que te deje ir al servicio. Habla con tu prima, la tía me ha dicho que no juega con nadie en los recreos. ¿Este sacapuntas es tuyo?. Abrígate, hoy hace frío. Dale un beso a tu padre.
-Vale mamá…ahora no puedo…me tengo que ir…
-¡He dicho que le des un beso a tu padre!- Cierro la puerta, mi cabeza parece desnortarse. Tomó el camino hacia la cocina. Allí estaba, sentado, sin querer mirar, intuyendo la presa, el depredador.
 Acerco la mejilla. Cartón seco, frío, áspero. Roce. Sudor. Finos labios de niño.
 El diablo acerca su boca maloliente a la oreja enrojecida. Susurra,- pequeño cabroncete, en esta casa harás lo que yo te diga.- La lengua serpenteante lija la carne del ternero.


-Papá, ¿lo vas a matar?,- hija, ya sabes que sí. A Manuel le molestaba profundamente que Teresa le hablase de esa manera, ¡ya sabía que lo tenía que matar! Con los años le costaba cada vez más, los hijos cambian a los hombres.
- No me gusta que hables de estas cosas Teresita…
-¡Pero papá…!

-¡Teresa Santos Prieto!- Juana Prieto no dejaba pasar ni una a la chiquilla. El imperio se había construido con mano muy dura. Manolo y Juani creían en el respeto, los chavales no, siempre la misma historia. Teresa aprendería y luego decidiría. En la vida de un jefe no hay democracia, salvo la que uno mismo se imponga.

Jon Barcam

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