El teléfono sonó aquella mañana muy temprano. Olvido imaginó escucharlo.
El interlocutor no se rendía. Sólo podía ser su madre, la conocía bien.
- Hija tienes que volver a Madrid.
Los aviones huelen raro. Es una mezcla extraña, vinagre, amoniaco,
jabón, quién sabe que le echan a esas tapicerías. En el tren pasa algo
parecido, salvo en el caso del AVE, es demasiado nuevo para que haya consumado
ese olor. Parece claro que es el tiempo y el uso por miles de culos, espaldas y
cabezas lo que le da ese olor tan característico. Olvido se sentó en un banco
de Atocha. Abrió su bolso y se comió una chocolatina. Debió de pasar bastante
tiempo allí sentada, los de seguridad empezaron a rondarla. Al fin se decidió.
- ¿Tienes un hueco en casa?-. No le apetecía estar sola. Hacía más
de dos años desde la última vez que durmió en casa de su madre. Cuando
volvieron de enterrar a su padre hizo las maletas y se fue. Era una relación
imposible. La enfermedad de Miguel sólo aplazó la ruptura.
El metro alcahuetea, te enseña la sangre de la ciudad, cruel casi
siempre. Había menos negros. Pasaba flotando por su cabeza la idea de hombres
blancos empujando a la vía a hombres negros. Más lectores menos pesados. Los
hombres blancos habían quemado todo el papel, policías vestidos con uniformes
amarillos buscaban por cada rincón de los vagones libros y más libros. Una
punzada en el pecho la saca de la enajenación transitoria. Una gota de sudor
recorre la sien derecha. Parecía una premonición, el convoy disminuye su
velocidad, una voz electrónica anuncia la parada,- Sol, correspondencia con…-. Mikel.
Jon Barcam.
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