El funcionario cogió el arma. Le
daba vueltas hacia un lado y hacia otro. Pesaba más de lo que se hubiese podido
imaginar. Estaba fría. La empuñadura era de madera, el resto, negro. Por un momento pensó que ambas
tonalidades, metálica y madera, no conjuntaban. Muy despacio, acercó el cañón
al ojo derecho. Cerró el izquierdo. No se veía nada. Sin poder esperar más, se
puso el borde del cañón sobre los labios. Deseaba hacerlo. Cualquiera diría que
estaba loco. No se pudo resistir. Sacó su lengua y chupo el interior del
revólver. Confirmado. Menuda decepción.
Jon Barcam
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