15 de agosto
de 2013
Paciente:
Diego Lobo Carrión.
Trastorno:
TOC.
Paciente de 35
años. No bebe, no fuma, no drogas. Viene de otros tratamientos con otros
especialistas y pseudoespecialistas, psicólogos, psiquiatras, osteópata,
naturópata y un policía local que en los ratos libres ejercía como practicante
¿¿¿???. Sólo han dado resultado los fármacos, Prozac y Anafránil, en los
primeros meses acompañados de Loracepán 1 mg.
Sintomatología,
es un obsesivo puro, miedo a hacer daño a su vecino Paco (¿?) y así mismo.
Transmite ansiedad elevada. Parece un caso típico.
Opinión
subjetiva, puede tener vida normal con fármacos, pero por alguna extraña razón
ha dejado de tomarlos hace seis meses. Según comentó por teléfono “quiero
intentarlo otra vez”. No sé muy bien a que se refiere con ese comentario.
-Buenas tardes Diego, soy el doctor
Luis Cuello de Oro San Cristobal y sí, Cuello de Oro es mi apellido, dime, ¿en
qué puedo ayudarte?-. Diego miró por alguna razón el cuello del doctor y ¡no!,
no era de oro, pensó en la etimología de aquel apellido, posiblemente vendrá de
algún mote que tiempo atrás le pondrían a algún noble o burgués por el exceso
de dicho material, ¡seguro que el mote se lo había puesto el populacho!, si es
que ¡somos la leche los madrileños! Luego dicen de los andaluces pero aquí hay
gracia para dar y tomar. Aunque… no sé si el doctor es de Madrid, seguro que su
familia es de Madrid, ese mote o apellido o lo que sea, sólo lo puede poner uno
de Madrid…
El doctor esperaba alguna repuesta
por parte de Diego, un -¡encantado doctor!- o -¡curioso apellido!-, pero nada,
lo único que percibió fue la mirada de un idiota observando su cuello.
Instintivamente se lo agarró, se frotaba con la mano, moviéndola de un lado a
otro. Diego se dio cuenta enseguida del detalle y pidió disculpas.
-Perdone doctor estaba absorto en
mis pensamientos-. Diego, en un gesto un tanto extraño, se estaba reiniciando,
alargó su mano derecha para ofrecer el saludo al doctor; a la vez tenía asido
el brazo de la silla con su mano izquierda, intentó tomar impulso, pero notó un
fuerte calambre en el brazo izquierdo. Parecía como si una fuerza oculta de la
naturaleza lo hubiese devuelto a su sitio. Diego pensó ¡¡¿qué ha pasado?!! En
seguida el doctor Cuello de Oro se dio cuenta de la cara de pánico de Diego y
se levantó como un resorte con la noble intención de tranquilizarlo.
-Perdona hijo, es que tengo las
sillas clavadas al suelo, no te puedes imaginar la gente tan rara que viene por
aquí.
Diego, con los cinco sentidos y
algunos más desconocidos hasta ahora para la ciencia, siempre predispuestos a
cazar toda la negatividad, se preguntó, - ¿qué habrá querido decir el doctor
con ese comentario de la gente rara?-, empezó a murmurar para sus adentros.
Hay que ver que comentario más
desafortunado. No sé si yo estoy dentro de esa categoría. A lo mejor no, a lo
mejor lo ha soltado así sin más, dándome a entender que yo soy un ser diferente
y no le alarma mi presencia, o quizás lo dijo para que yo pensase de esa manera
y no me sienta amenazado por la situación…
De repente Diego hizo el acto
reflejo de agarrarse el pecho y frotárselo, su ansiedad se había disparado. Trató
de evaluarla mentalmente, tal como le habían enseñado durante tantos años.
Haber de 1 al 100 en qué punto
estamos. Yo diría que estamos en un 75. Pero, pero, pero… eso ¡¿qué coño
significa?! Para sus adentros trató de serenarse, se volvió a recostar sobre la
silla y miró de nuevo al doctor. Esta vez Cuello de Oro estaba sentado en la
silla de al lado y le estaba mirando. Parecía que había pasado una eternidad,
¡sólo habían pasado tres o cuatro segundos!
-Dígame doctor ¿de qué estábamos
hablando?-. Para sus adentros se había desatado la primera de sus fobias, yo no
me quiero morir, yo no me quiero morir…
-Perdona Diego, ha sido un mal
comienzo, quieres que vuelva a mi sitio o prefieres que me quede aquí.
-No sé doctor-. Que pregunta más
extraña, nunca se la habían hecho. Diego un poco avergonzado, un poco
descolocado, miró hacia la moqueta y vio un par de zapatos descolocados. ¡Joder
cuanto se parecen esos zapatos a los míos! Rápidamente se miró los pies y se
vio que estaba descalzo y encima tenía un agujero a la altura del dedo pulgar,
¡¡¡esto es lo peor que te puede pasar!!!
Le estaban entrando ganas de
vomitar, quería largarse de allí y no volver jamás. ¡Dios mío qué vergüenza!,
que bochorno, seguro que esto pasará a los anales de la psiquiatría o aún peor,
será el comentario de todas las cenas de Navidad de este tío en los próximos
veinte años. ¡Qué cagada!
Empezó a perder la vista, todo
estaba borroso. Pero notó algo extraño, notó que algo caliente le estaba
tocando sus mejillas, que agradable era todo aquello. Se dejó llevar, era el
calor de su madre cuando era niño, era la paz deseada. Recuperó la vista y vio
al doctor, vio su cara muy cerca de la suya. Eran sus manos. Estaban muy
suaves, olían bien, estaban secas, era bueno. En ese instante una voz
susurrante me habló muy despacio.
-Diego, no pasa nada, tranquilízate.
Es verdad que lo del calcetín es muy bochornoso, pero qué le vamos a hacer,
para la próxima vez te cortas las uñas o te pones un calcetín si agujero. Pero
no pasa nada. Creo que debemos empezar de nuevo.
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