lunes, 9 de junio de 2014

El extraño caso de Diego Lobo


15 de agosto de 2013
Paciente: Diego Lobo Carrión.
Trastorno: TOC.
Paciente de 35 años. No bebe, no fuma, no drogas. Viene de otros tratamientos con otros especialistas y pseudoespecialistas, psicólogos, psiquiatras, osteópata, naturópata y un policía local que en los ratos libres ejercía como practicante ¿¿¿???. Sólo han dado resultado los fármacos, Prozac y Anafránil, en los primeros meses acompañados de Loracepán 1 mg.
Sintomatología, es un obsesivo puro, miedo a hacer daño a su vecino Paco (¿?) y así mismo. Transmite ansiedad elevada. Parece un caso típico.
Opinión subjetiva, puede tener vida normal con fármacos, pero por alguna extraña razón ha dejado de tomarlos hace seis meses. Según comentó por teléfono “quiero intentarlo otra vez”. No sé muy bien a que se refiere con ese comentario.
            -Buenas tardes Diego, soy el doctor Luis Cuello de Oro San Cristobal y sí, Cuello de Oro es mi apellido, dime, ¿en qué puedo ayudarte?-. Diego miró por alguna razón el cuello del doctor y ¡no!, no era de oro, pensó en la etimología de aquel apellido, posiblemente vendrá de algún mote que tiempo atrás le pondrían a algún noble o burgués por el exceso de dicho material, ¡seguro que el mote se lo había puesto el populacho!, si es que ¡somos la leche los madrileños! Luego dicen de los andaluces pero aquí hay gracia para dar y tomar. Aunque… no sé si el doctor es de Madrid, seguro que su familia es de Madrid, ese mote o apellido o lo que sea, sólo lo puede poner uno de Madrid…
            El doctor esperaba alguna repuesta por parte de Diego, un -¡encantado doctor!- o -¡curioso apellido!-, pero nada, lo único que percibió fue la mirada de un idiota observando su cuello. Instintivamente se lo agarró, se frotaba con la mano, moviéndola de un lado a otro. Diego se dio cuenta enseguida del detalle y pidió disculpas.
            -Perdone doctor estaba absorto en mis pensamientos-. Diego, en un gesto un tanto extraño, se estaba reiniciando, alargó su mano derecha para ofrecer el saludo al doctor; a la vez tenía asido el brazo de la silla con su mano izquierda, intentó tomar impulso, pero notó un fuerte calambre en el brazo izquierdo. Parecía como si una fuerza oculta de la naturaleza lo hubiese devuelto a su sitio. Diego pensó ¡¡¿qué ha pasado?!! En seguida el doctor Cuello de Oro se dio cuenta de la cara de pánico de Diego y se levantó como un resorte con la noble intención de tranquilizarlo.
            -Perdona hijo, es que tengo las sillas clavadas al suelo, no te puedes imaginar la gente tan rara que viene por aquí.
            Diego, con los cinco sentidos y algunos más desconocidos hasta ahora para la ciencia, siempre predispuestos a cazar toda la negatividad, se preguntó, - ¿qué habrá querido decir el doctor con ese comentario de la gente rara?-, empezó a murmurar para sus adentros.
            Hay que ver que comentario más desafortunado. No sé si yo estoy dentro de esa categoría. A lo mejor no, a lo mejor lo ha soltado así sin más, dándome a entender que yo soy un ser diferente y no le alarma mi presencia, o quizás lo dijo para que yo pensase de esa manera y no me sienta amenazado por la situación…
            De repente Diego hizo el acto reflejo de agarrarse el pecho y frotárselo, su ansiedad se había disparado. Trató de evaluarla mentalmente, tal como le habían enseñado durante tantos años.
            Haber de 1 al 100 en qué punto estamos. Yo diría que estamos en un 75. Pero, pero, pero… eso ¡¿qué coño significa?! Para sus adentros trató de serenarse, se volvió a recostar sobre la silla y miró de nuevo al doctor. Esta vez Cuello de Oro estaba sentado en la silla de al lado y le estaba mirando. Parecía que había pasado una eternidad, ¡sólo habían pasado tres o cuatro segundos!
            -Dígame doctor ¿de qué estábamos hablando?-. Para sus adentros se había desatado la primera de sus fobias, yo no me quiero morir, yo no me quiero morir…
            -Perdona Diego, ha sido un mal comienzo, quieres que vuelva a mi sitio o prefieres que me quede aquí.
            -No sé doctor-. Que pregunta más extraña, nunca se la habían hecho. Diego un poco avergonzado, un poco descolocado, miró hacia la moqueta y vio un par de zapatos descolocados. ¡Joder cuanto se parecen esos zapatos a los míos! Rápidamente se miró los pies y se vio que estaba descalzo y encima tenía un agujero a la altura del dedo pulgar, ¡¡¡esto es lo peor que te puede pasar!!!
            Le estaban entrando ganas de vomitar, quería largarse de allí y no volver jamás. ¡Dios mío qué vergüenza!, que bochorno, seguro que esto pasará a los anales de la psiquiatría o aún peor, será el comentario de todas las cenas de Navidad de este tío en los próximos veinte años. ¡Qué cagada!
            Empezó a perder la vista, todo estaba borroso. Pero notó algo extraño, notó que algo caliente le estaba tocando sus mejillas, que agradable era todo aquello. Se dejó llevar, era el calor de su madre cuando era niño, era la paz deseada. Recuperó la vista y vio al doctor, vio su cara muy cerca de la suya. Eran sus manos. Estaban muy suaves, olían bien, estaban secas, era bueno. En ese instante una voz susurrante me habló muy despacio.

            -Diego, no pasa nada, tranquilízate. Es verdad que lo del calcetín es muy bochornoso, pero qué le vamos a hacer, para la próxima vez te cortas las uñas o te pones un calcetín si agujero. Pero no pasa nada. Creo que debemos empezar de nuevo.

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