martes, 10 de junio de 2014

Más sobre Diego Lobo


22 de agosto de 2013.
Paciente: Diego Lobo Carrión, alias “Mister Tomate”.
Trastrono: TOC, confirmado. Muy perturbado pero no inhabilitado.

            El doctor salió a la sala contigua donde aguardaban todos los pacientes. En realidad, a aquellas horas no quedaba nadie, salvo Diego. Allí estaba en el rincón más lejano a la puerta del despacho del doctor. Le recordó a una esas lechuzas reales de grandes ojos, muy abiertos, llenos de miedo, incluso su cuello se movió de forma automática cuando el facultativo abrió la puerta. Hacía pocos minutos que el último paciente había abandonado la consulta, y le había tocado esperar, aquello no era algo extraño. Después de tantos años se había encontrado múltiples tácticas para poner nervioso a los pacientes, ésta era una más, esperar, esperar y esperar y así sacar todo lo malo de su interior y estar sensible antes las posibles provocaciones del terapeuta.
            ―Perdona Diego, es que tenía que orinar―. La teoría se desmontó, pero la ansiedad subió un punto más.
            El doctor le hizo pasar, Diego se sentó en la misma silla de la semana pasada, pero esta vez el doctor se sentó directamente a su lado. Diego se removió en el asiento y trató de echar su cuerpo todo lo atrás que pudo. Tenía que protegerse.
            ―Antes de nada Diego, quítate los zapatos.
            ¡No me fastidies, este tío se ha vuelto loco! Si ya me lo dijo mi colega –tío pasa de los loqueros con el tiempo te ponen la cabeza peor, y eso a ellos, es lo que les conviene, ¡ganar pasta!
            ―Por favor, Diego, confía en mí, quítate los zapatos―. Esta vez con voz calmada miró directamente a los ojos a Diego y por alguna extraña razón lo convenció. Poco a poco se fue quitando los zapatos. Diego estaba como hipnotizado, le preocupaba esta falta de resistencia, pero se dejó llevar. Le pareció  muy agradable esa confianza que se estaba apoderando de él.
            ―Por favor, Diego, dame el pie derecho. Ponlo encima de mi pierna.
            Me va a dar un masajito, ¡qué raro es este tío!, pero tampoco pasa nada, le dejaré mi pie, no pasa nada. Esta vez no me podía pasar nada, mi padre me había comprado unos calcetines nuevos, me he cortado las uñas y, por si acaso, había llevado los zapatos al zapatero para que les hiciese una inspección profunda por si acaso tenían algún defecto de fabricación que de manera involuntaria me hiciese agujeros en los calcetines.
            Puso la pierna encima de la rodilla del doctor tranquilamente, con miedo, todo hay que decirlo, pero con cierto grado de confianza, como diciendo, ―¡eh! qué pasa tío, soy capaz de confiar en ti, no me das miedo.
            Diego se quedó mirando durante unos segundos al doctor. Diego estaba a la espera, no se preguntaba nada, había parado de pensar. El doctor no le quitaba los ojos de encima, le miraba directamente a los ojos. Diego miró a sus ojos, confiado, sin miedo, estaba tranquilo y no sabía por qué. Era muy tranquilizador. Pero… ¡Dios qué momento irrepetible!. Diego empezó a ver a cámara lenta, muy lenta. El doctor desplazó su cuerpo hacia la derecha, muy despacio en el cerebro de Diego, pero muy rápido en la  realidad. Sacó unas tijeras del lapicero que tenía junto a la lámpara, y con una destreza inusitada el doctor agarró la punta del calcetín de Diego y se la cortó. El dedo gordo del pie de Diego estaba asomándose poco a poco por el nuevo respiradero, ¡qué asombrosa liberación!.
            Los ojos de Diego se abrieron tanto que parecían que se le iban a caer a la moqueta. Una voz profunda salía de una caverna profunda.
            ―¡¡¡¡Cabrón!!!― Se levantó como un resorte dando voces y sin más, corrió hacia la puerta. El mamporro fue tan grande que su cuerpo se desplazó como dos metros en dirección inversa a la puerta. Quedó tumbado boca arriba, inconsciente. Un gran bulto salió de su frente, de un rojo reventón. Su cuerpo quedó quieto.

            El doctor dejó la tijera sobre la mesa, miró a Diego, con un giro de cabeza, se frotó las manos con inusitada alegría y se dijo para sí mismo, ―Esto va viento en popa.

Jon Barcam

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