22 de agosto
de 2013.
Paciente:
Diego Lobo Carrión, alias “Mister Tomate”.
Trastrono:
TOC, confirmado. Muy perturbado pero no inhabilitado.
El doctor salió a la sala contigua
donde aguardaban todos los pacientes. En realidad, a aquellas horas no quedaba nadie,
salvo Diego. Allí estaba en el rincón más lejano a la puerta del despacho del
doctor. Le recordó a una esas lechuzas reales de grandes ojos, muy abiertos,
llenos de miedo, incluso su cuello se movió de forma automática cuando el facultativo
abrió la puerta. Hacía pocos minutos que el último paciente había abandonado la
consulta, y le había tocado esperar, aquello no era algo extraño. Después de
tantos años se había encontrado múltiples tácticas para poner nervioso a los
pacientes, ésta era una más, esperar, esperar y esperar y así sacar todo lo
malo de su interior y estar sensible antes las posibles provocaciones del terapeuta.
―Perdona Diego, es que tenía que
orinar―. La teoría se desmontó, pero la ansiedad subió un punto más.
El doctor le hizo pasar, Diego se
sentó en la misma silla de la semana pasada, pero esta vez el doctor se sentó
directamente a su lado. Diego se removió en el asiento y trató de echar su
cuerpo todo lo atrás que pudo. Tenía que protegerse.
―Antes de nada Diego, quítate los zapatos.
¡No me fastidies, este tío se ha
vuelto loco! Si ya me lo dijo mi colega –tío pasa de los loqueros con el tiempo
te ponen la cabeza peor, y eso a ellos, es lo que les conviene, ¡ganar pasta!
―Por favor, Diego, confía en mí, quítate
los zapatos―. Esta vez con voz calmada miró directamente a los ojos a Diego y
por alguna extraña razón lo convenció. Poco a poco se fue quitando los zapatos.
Diego estaba como hipnotizado, le preocupaba esta falta de resistencia, pero se
dejó llevar. Le pareció muy agradable
esa confianza que se estaba apoderando de él.
―Por favor, Diego, dame el pie
derecho. Ponlo encima de mi pierna.
Me va a dar un masajito, ¡qué raro
es este tío!, pero tampoco pasa nada, le dejaré mi pie, no pasa nada. Esta vez
no me podía pasar nada, mi padre me había comprado unos calcetines nuevos, me he
cortado las uñas y, por si acaso, había llevado los zapatos al zapatero para
que les hiciese una inspección profunda por si acaso tenían algún defecto de
fabricación que de manera involuntaria me hiciese agujeros en los calcetines.
Puso la pierna encima de la rodilla
del doctor tranquilamente, con miedo, todo hay que decirlo, pero con cierto
grado de confianza, como diciendo, ―¡eh! qué pasa tío, soy capaz de confiar en
ti, no me das miedo.
Diego se quedó mirando durante unos
segundos al doctor. Diego estaba a la espera, no se preguntaba nada, había
parado de pensar. El doctor no le quitaba los ojos de encima, le miraba
directamente a los ojos. Diego miró a sus ojos, confiado, sin miedo, estaba
tranquilo y no sabía por qué. Era muy tranquilizador. Pero… ¡Dios qué momento
irrepetible!. Diego empezó a ver a cámara lenta, muy lenta. El doctor desplazó
su cuerpo hacia la derecha, muy despacio en el cerebro de Diego, pero muy
rápido en la realidad. Sacó unas tijeras del lapicero que tenía junto a
la lámpara, y con una destreza inusitada el doctor agarró la punta del calcetín
de Diego y se la cortó. El dedo gordo del pie de Diego estaba asomándose poco a
poco por el nuevo respiradero, ¡qué asombrosa liberación!.
Los ojos de Diego se abrieron tanto
que parecían que se le iban a caer a la moqueta. Una voz profunda salía de una caverna profunda.
―¡¡¡¡Cabrón!!!― Se levantó como un
resorte dando voces y sin más, corrió hacia la puerta. El mamporro fue tan
grande que su cuerpo se desplazó como dos metros en dirección inversa a la
puerta. Quedó tumbado boca arriba, inconsciente. Un gran bulto salió de su
frente, de un rojo reventón. Su cuerpo quedó quieto.
El doctor dejó la tijera sobre la
mesa, miró a Diego, con un giro de cabeza, se frotó las manos con inusitada
alegría y se dijo para sí mismo, ―Esto va viento en popa.
Jon Barcam
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