miércoles, 11 de junio de 2014

Más sobre Diego Lobo

30 de agosto de 2013
Paciente: Mister Tomate.
Trastorno: Idóneo para el estudio “Templeton”


―Hola Diego cómo tienes ese chichón―. Diego entró en la consulta totalmente renegado. Su padre le había puesto las cosas muy claras, ―o empiezas a tirar para adelante o se te acabó el chollo en esta casa.
            Ya no sabía dónde sentarse. Dudo mucho, muchísimo.
            ―Doctor Cuello de Oro, prefiero quedarme aquí, de pie, sino le importa―. Diego tenía la cabeza agachada, las manos metidas en los bolsillos, parecía un niño de poco más de diez años, incapaz de enfrentarse a alguien con más autoridad.
            El Doctor sabía perfectamente los paso que había que dar, pero en lo más profundo de su corazón sintió algo parecido a ternura y prefirió no exponer más a Diego, sabía que era uno de los candidatos ideales para el experimento, no hacía falta torturarlo más. Dudó durante unos instantes y se acercó a Diego. Le agarró del brazo y se lo llevó a un tresillo de terciopelo rojo pegado a la pared lateral de su despacho.
            ―Sentémonos aquí, por favor. No te haré más jugarretas, te lo prometo.
            Diego no levantó su cabeza, pero se dejó guiar por el brazo del terapeuta, dócil, como el niño confiado que seguía siendo. Levantó su cabeza y vio el sofá rojo, era muy bonito, parecía confortable, pensó que allí debían de sentarse la gente en la que más confiaba el doctor o quizá era sólo el lugar donde éste descansaba entre tantas historias de locos. Le pareció una señal de absoluta confianza hacia su persona y aceptó la invitación del doctor.
            ―Diego, quiero hacerte una pregunta, pero antes de que me contestes quiero que pienses la respuesta. No te precipites, si es necesario, quedaremos otro día para que puedas reflexionar.
            Diego levantó su cabeza, hacía tiempo que nadie le daba la oportunidad de poder elegir. Después de tantos años de dependencia, se le hacía extraño tanta responsabilidad. Se serenó, pasó por un momento de pensar en miles de respuestas y habló al doctor.
            -Por favor, prometo serle sincero.
            -¿Quieres curarte? Los ojos de Diego mostraban su sorpresa a la vez que su extrañeza.- Te vuelvo a repetir la pregunta, ¿estás dispuesto a arriesgar lo que sea necesario para curarte?, ¿estás dispuesto a comprometerte contigo mismo?, llevas años llenando tu vida con miedo, con obsesiones, con un mundo irreal, cuando todo eso desaparezca, que, créeme, lo hará, ¿serías capaz de llevar una vida normal?
            El doctor pegaba duro, estaba claro. Diego se quedó petrificado. ¿Qué debía hacer?, eso eran varias preguntas y a cual más complicada. Había entendido perfectamente las preguntas del doctor. Se puso en pie, estaba nervioso, empezó a pasear por la habitación, todavía tenía las manos metidas en los bolsillos. Hacía pequeños ruidos, como si estuviese razonando consigo mismo, aquellos pequeños ruidos eran correcciones o afirmaciones a sus pensamientos. Volvió a su sitio.
            -Doctor, he entendido lo que pretendía decirme, pero tengo muchas dudas. Quiero decir que no sé qué pasará, no sé si me rajaré a mitad de la terapia, no sé si mi vida cambiará, sólo tengo dudas, quizá no esté preparado.
            -Ahora que veo que lo has pensado bien, te vuelvo a repetir la pregunta ¿quieres curarte Diego? El doctor, ya sabía la respuesta, los pacientes con TOC son especiales, ansían tanto su curación que estarían dispuesto a hacer lo que sea, aunque era cierto que no estaba seguro si Diego valdría para los fines ocultos de la misión Tempelton.
            -Sí. No dijo nada más. El doctor sonrió y le dio una palmada en la rodilla

            -Sal afuera y llama a tu padre os explicaré en que consiste el tratamiento.

Jon Barcam

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