Cada domingo después de misa de doce, todos los niños del
barrio íbamos a casa para cambiarnos de ropa. Nuestras madres no nos dejaban
trastear con la ropa buena. Julio era el único niño del barrio al que su madre
no se la quitaba; por la tarde tenían que ir a casa de su tía Fermina.
Tomaban chocolate con churros y después paseaban por el centro de la ciudad. Sobre las ocho de
la tarde volvían a casa. Unos pocos esperábamos a Julio en la puerta. Le susurrábamos,-
¿cuánto?- y el respondía,-un duro. Nuestro domingo empezaba en ese momento.
Jon Barcan
No hay comentarios:
Publicar un comentario