miércoles, 25 de junio de 2014

La copla española

La vida de un médico es, por lo general, muy aburrida. Pedro Azpilicueta de la Montaña y San Serván era la tercera generación de médicos en su familia. Su abuelo y su padre habían traído al mundo 2459 niños. A Pedro no le gustaba la especialidad y, después de muchos reproches y enfados, se decidió por la otorrinolaringología, -la peor de las especialidades posibles si no tienes vocación como médico-, le repetía su padre.
-¡¿Por qué no le planté cara a estos idiotas?! ¿por qué? ¿por qué?.- Se castigaba una y otra vez cada tarde al acabar la consulta,- ¡hubiera sido cualquier cosa antes que médico!-. Para su desgracia, era el mayor especialista del país en garganta y muchos cantantes famosos, y no tanto,  le visitaban en su consulta de la calle Argüelles.
Una tarde se presentó en la consulta Manolita, la famosa coplera de Vallecas.
-Doctor, estoy desahuciada, mi cuerdas vocales ya no sirven.- Cuántas veces había escuchado lo mismo, ¡miles! Siempre acaba solucionándoles todos los abusos que cometían.
Un mes después y varios miles de euros en el bolsillo del Doctor Azpilicueta, Manolita fue dada de alta.
-Doctor, le debo la vida, tome este regalo, que yo creo que después de los euros que me ha sacado, es suficiente.
Al abrir la caja se encontró una boa, ¡una boa!, se dijo para sí el Doctor. Tras los agradecimientos, llantos y demás requiebros, Manolita, última de la consulta, se marchó.
Pedro se metió, como cada día, en el cuarto de baño privado; se quitó toda la ropa de médico y se pegó la ducha de rigor. Al salir, trató del quitar el vaho del espejo y esperaba, como siempre, no tener éxito, pero sin saber porque, aquel día el vaho se esfumó  por completo a los pocos segundos; dio media vuelta y apareció un hombre  desnudo. Era él. Hacía años que no se veía. Estaba viejo,  la primera de sus conclusiones. Miró sus  ojos, sin reproches. Por un segundo encontró lo que llevaba buscando toda la vida. Salió del cuarto de baño. Desnudo. Húmedo. Cogió la boa. La acarició, se la pasó por la cara y finalmente, se la enroscó al cuello.
Al otro lado del despacho, Concha, la auxiliar que ayudaba a don Pedro, quedó prendada por una voz angelical que entonaba una copla de las que pellizcan el corazón: "Apoyá en el quicio de la mancebía,
miraba encenderse la noche de Mayo..."

Jon Barcam

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