Me levantaba a las ocho de la mañana, todos los sábados.
Abría el cajón de los calcetines y sacaba las medias negras; procuraba
encajármelas bien en mis delgadas piernas, a la altura de la rodilla las
doblaba, con delicadeza, para que la franjas horizontales quedasen iguales
alrededor de mi pierna. Después, el pantalón corto y la camiseta.
Salía de casa con el traje de la selección. Era el número
uno. Nadie más tenía uno igual en todo el barrio. Durante unos años fui el más
importante. Un sábado, Pedro salió de su casa con un traje del Real Madrid,
llevaba el número de Juanito.
Yo también tuve que abdicar.
Jon Barcam
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