-¿Quién te puso el nombre de Horacio?- Juani era experta en
empatizar con la clientela. Manolo dejaba la puerta abierta del cuarto de
aprendizaje y se apoyaba sobre la pared de la habitación contigua. Habían
pasado diez años y todavía le ponía cachondo escuchar como trabajaba. A la tres
de la tarde, cuando ella terminaba su jornada (esa fue la condición que le puso
a Manolo para trabajar para él- solo trabajo por las mañanas-) la esperaba en
la cocina. Descorchaba una botella de vino. Apoyado junto al fregadero, desnudo, con dos copas de
cristal muy fino. La electricidad adictiva no se agotaba en toda la noche. Dormía un día
entero.
Con Horacio había decidido vaciar el cuarto de aprendizaje. Sabía
que era un chico listo. El más mínimo descuido podía ser letal. Tenía atadas
las manos a la espalda. La cinta americana era roja, Teodoro la había comprado
en la nueva ferretería de la calle Santa Mónica,- Señor pruebe esta nueva cinta
americana, es de un material mucho más resistente, además es roja…- luego el
chico se quedó con cara de bobo, su padre intervino con rapidez,- ¡niño no
molestes a don Teodoro!-. Todos conocían a los empleados de Manolo y Juani. La
gente hablaba.
Juani se sentó en el suelo, frente al cuerpo inconsciente de
Horacio. Lo miraba, lo estudiaba, memorizaba los pliegues de su piel. Ya no era
un hombre joven. La respiración era acompasada, pacífica, ¿realmente está
inconsciente o se había dormido? Juani
se levantó. Su pie derecho junto a la cara. Su pie izquierdo junto a la nuca.
- Hijo hoy toca baño- el agua calentita resbalaba por su coronilla
hasta los talones, piel gallinácea, la felicidad era sólo el recuerdo de la vida
de los demás. La lengua curioseaba por las comisuras. La sed se había
encastrado en su cerebro. Sus sentidos resucitaron amargos.
Unos labios finos rozaron su vieja cara. De nuevo el recuerdo del
padre postizo, de la niñez desfigurada. Esta vez la lija no trabajó. Unos
minutos después lo hubiese preferido.- Horacio corazón- ella hablaba así- esto
es lo único que probarás en lo que queda de semana-. Manolo, estaba detrás de
la puerta, como siempre, esta vez no esperaría. Allí mismo se quitó la ropa. Se
arrodillo delante de Juana y lamió sus piernas hasta el coño. La vida perfecta.
Jon Barcam
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