martes, 10 de junio de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 10


-¿Quién te puso el nombre de Horacio?- Juani era experta en empatizar con la clientela. Manolo dejaba la puerta abierta del cuarto de aprendizaje y se apoyaba sobre la pared de la habitación contigua. Habían pasado diez años y todavía le ponía cachondo escuchar como trabajaba. A la tres de la tarde, cuando ella terminaba su jornada (esa fue la condición que le puso a Manolo para trabajar para él- solo trabajo por las mañanas-) la esperaba en la cocina. Descorchaba una botella de vino. Apoyado  junto al fregadero, desnudo, con dos copas de cristal muy fino. La electricidad adictiva  no se agotaba en toda la noche. Dormía un día entero.
Con Horacio había decidido vaciar el cuarto de aprendizaje. Sabía que era un chico listo. El más mínimo descuido podía ser letal. Tenía atadas las manos a la espalda. La cinta americana era roja, Teodoro la había comprado en la nueva ferretería de la calle Santa Mónica,- Señor pruebe esta nueva cinta americana, es de un material mucho más resistente, además es roja…- luego el chico se quedó con cara de bobo, su padre intervino con rapidez,- ¡niño no molestes a don Teodoro!-. Todos conocían a los empleados de Manolo y Juani. La gente hablaba.
Juani se sentó en el suelo, frente al cuerpo inconsciente de Horacio. Lo miraba, lo estudiaba, memorizaba los pliegues de su piel. Ya no era un hombre joven. La respiración era acompasada, pacífica, ¿realmente está inconsciente o se había  dormido? Juani se levantó. Su pie derecho junto a la cara. Su pie izquierdo junto a la nuca.
- Hijo hoy toca baño- el agua calentita resbalaba por su coronilla hasta los talones, piel gallinácea, la felicidad era sólo el recuerdo de la vida de los demás. La lengua curioseaba por las comisuras. La sed se había encastrado en su cerebro. Sus sentidos resucitaron amargos.

Unos labios finos rozaron su vieja cara. De nuevo el recuerdo del padre postizo, de la niñez desfigurada. Esta vez la lija no trabajó. Unos minutos después lo hubiese preferido.- Horacio corazón- ella hablaba así- esto es lo único que probarás en lo que queda de semana-. Manolo, estaba detrás de la puerta, como siempre, esta vez no esperaría. Allí mismo se quitó la ropa. Se arrodillo delante de Juana y lamió sus piernas hasta el coño. La vida perfecta.

Jon Barcam

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