jueves, 12 de junio de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 17


No estaban sentados. Tampoco de pie. Sólo veían la luz, una luz cegadora, quizá sea blanca, la luz sólo es luz, no tiene color. El hombre tiene la necesidad enfermiza de dar sentido a todo. Pepe estaba a su lado, era alto, moreno, ojos negros, lo reconocería en cualquier lugar. No podía verlo.
- Date un poco de tiempo, te acostumbrarás enseguida. La incomprensión de los nuevos era siempre la parte más complicada. La comparación, la puta comparación para evaluar lo diferente era siempre perniciosa. Esa idea había dejado de existir, sólo había espacio, -¿Qué significa eso?- le preguntó una vez un viejo profesor en tránsito. Pepe repasó una y otra vez el viejo manual. No había nada. Ese maldito viejo le hizo evolucionar hacia el último estadio de su formación como guía. Había dejado de ser un hombre.
- Necesito ir al baño. Raúl estaba incómodo. Pepe lo estaba más. Allí nadie pedía ir al baño, hay cosas más importantes, los últimos resquicios de miedo, incomprensión, pero…, pero…, ¡nadie tenía ganas de mear!
- ¿Qué te ocurre?- Pepe trataba de ser condescendiente, nada de lo que estaba pasando venía en el manual.

- Tengo la boca pastosa y salada, quiero lavarme los dientes. Pepe se puso la mano sobre los labios. Hacía mucho tiempo que no pensaba en los dientes. A su cabeza le vino la imagen de su madre. Estaba sobre su cama. Desnuda. Vieja. Muerta. Su hermana estaba a su lado. Rosa era una mujer antigua, madre no tuvo que esforzarse demasiado para inculcarle las costumbres viejas de mujer. Le viene a la cabeza la última discusión. Madre de cuerpo presente. Solo le pondremos los dientes. Pero madre uso gafas toda la vida. Los muertos no se entierran con gafas, es ridículo. Pero esa que está ahí no es madre, parece otra persona. Está muerta y punto. Pepe guardó las gafas de su madre en una caja vieja de cartón, con una foto de doña Emilia al lado de su padre. Era lo único que conservaba de su madre, lo demás se lo quedó Rosa. Su amigo Julio Pacheco siempre le decía lo mismo, - si te hubieras casado tendrías algo más que una foto y unas gafas.

Jon Barcam

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