Un libro tienes varias partes. No, no me refiero al contenido intelectual. Me refiero a las partes físicas que tiene cada libro. Esto que voy a contar sólo pasa en los libros buenos, esos de pasta dura, esos que duran toda la vida.
En 1854 un encuadernador de la región de Hessen, en el mismo corazón de Alemania, llamado Hans Günter, se dedicaba a este maravilloso trabajo. Ponía en cada una de sus obras todo el amor y virtud de las que disponía. Nunca, desde que empezó a trabajar, había estado satisfecho con el trabajo realizado. Pasaron los años y los años hasta ser uno de los maestros encuadernadores más apreciados del país, pero Hans nunca estaba satisfecho, su obsesión por buscar la perfección le hizo ser un hombre cada vez más infeliz.
Una mañana se levantó y preguntó a su mujer por su hijo Otto. Su mujer se echó en sus brazos llorando desconsolada. Hans asustado le preguntó qué le pasaba, ella entre sollozos, apenas comprensibles, le dijo que Otto había muerto hacía dos meses.
Hans quedó paralizado. ¡Cómo podía ser que no se hubiese dado cuenta que su amado hijo había muerto! Desde ese instante decidió no volver a trabajar jamás con libros.
Pasaron los años, muchos años, y un día de primavera, un joven soldado se presentó en su casa. Su ropa estaba sucia y desgastada. Su cara marcada por años guerra agotadora, sin embargo, sus ojos reflejaban una luz que Hans no reconocía pero que llamó su atención.
-Soldado, a pesar del frío, el hambre, la muerte, ¿por qué te brillan los ojos de esa manera tan maravillosa?
-Vuelvo a casa señor, con mi hijo-. el corazón de Hans fue atravesado por una espada candente. Las lágrimas vinieron a sus ojos.
-¿Qué le pasa señor?- El soldado no quería causar dolor a nadie más.
-Nada hijo, sólo que yo no supe volver a tiempo.
-No le entiendo señor.
-No es nada, hijo.
Hans invitó a lavarse y cenar al soldado. También le ofreció una cama donde descansar. Cuando el soldado se fue a la cama, sacó de su morral una pequeña fotografía y, a la vez, cayeron un montón de papeles. Quedaron descolocados en el suelo. Hans le ayudó a recogerlos y le preguntó al soldado.
-¿Qué son estos papeles soldado?
-Son las cartas que mi hijo me mandó cada semana desde que empezó la guerra. No puedo tirarlas, han sido las que me han mantenido vivo durante todo este tiempo.
Los ojos de Hans se volvieron a llenar de lágrimas.
-Si quieres puedes leerlas, yo ya no las necesito, ¡se las regalo!
A la mañana siguiente, cuando el soldado se levantó. Hans se despidió del soldado y en el último momento le ofreció un regalo. Un libro.
-¿Qué es esto Hans?
-Son las cartas que te mandó tu hijo. Las he encuadernado para que las guardes para siempre.
-Pero, te las he regalado.
-No puedo aceptarlo, este libro es tu hijo, este libro, eres tú.
El soldado marchó. Hans volvió a su taller y empezó de nuevo a encuadernar libros. Muy pocos, ya que, en cada uno de ellos, en la parte donde está la cabezada, ponía un trocito de su corazón.
PD: ¿Se puede hacer lo mismo con un e-book? Quizá dentro de unos años encontremos el romanticismo en la pantalla, nunca se sabe.
Jon Barcam
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