miércoles, 18 de junio de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 23

-Pasa hija. Dame un beso. Deja aquí tu maleta. Te la recojo yo -. Estaba claro a quien salía Olvido, su madre hablaba igual que ella.-Yo creo que a tu madre le encanta Azorín-, le decía Mikel, a la vez que soltaba una carcajada contenida. Olvido era de ciencias.
-¿Has desayunado?, ¿tienes hambre?
-Basta mamá, por favor. Si necesito algo te avisaré. Gracias-. Era como escuchar la conversación entre dos autómatas. A pesar de todo, Olvido estaba calmada.- ¿Dónde está?
-Se lo han llevado a Leganés. Por lo visto no había camas en Madrid. Me llamó su hermana. Está vivo de milagro-. A Juana se le notaba enseguida cuando estaba nerviosa, no tenía tacto.- No sé gran cosa. El psiquiátrico ese está bien, pero… ya sabes es un psiquiátrico…- Juana sentía mucho aprecio por Mikel, la visitaba de vez en cuando y le contaba cómo estaba su hija. Olvido no lo sabía y eso hacía crecer el valor de las visitas.
-¿Dónde está Teresa?-. La hermana de Mikel era policía. No le interesó nunca la vida de su hermano. El día en que la llamaron, hacía tres años que no sabía nada de él. Era el único familiar que le quedaba vivo a Mikel. No lo quería, lo odiaba. Teresa estaba enamorada de Olvido y Mikel se la quitó, al menos, eso pensaba ella. No se lo perdonaría jamás.
-Esta es su dirección-. Un papel arrancado de un cuaderno con letras en negro y una dirección del sur de Madrid. Un barrio como otro cualquiera, entre Ciudad Lineal y San Blas.

El portal estaba lleno de propaganda. Era increíble la cantidad de publicidad que se podía depositar en los buzones en un solo día. A Mikel le gustaba leer esos grandes folletos, con grandes televisores, tablets y demás aparatos electrónicos. Se hacía ilusiones y soñaba con montar una gran sala de cine, un sonido espectacular y una imagen más allá de lo tridimensional. Las ilusiones de los pobres van triturando a pocos las esperanzas de una vida normal.
 Olvido empezó a sentirse incómoda, no le gustaba el olor a humedad del edificio. A medida que iba subiendo escaleras, la temperatura ambiente iba subiendo. Tenía que ser pisos de alquiler en su mayoría. Todo estaba demasiado descuidado. Hacía mucho tiempo que no se pintaban las escaleras. Muchos inmigrantes. Los olores de las comidas los delataban. Diferentes. El cordero le daba ganas de vomitar, recuerdos de una infancia de legumbres. Se tapó la boca, imposible remediarlo, las arcadas le venían desde lo más profundo de su estómago. ¡Dios que asco!
Llamó al timbre de manera compulsiva, tenía que entrar. La puerta se abrió y Olvido pasó sin que Teresa la invitase. La conocía bien, no le molestó.
-Hola Olvido, pasa por favor-. No era ironía. Puro amargor, rancio, de ese que ya no se va.
No le costó demasiado encontrar el baño, Teresa tenía la puerta abierta y se podía ver desde la entrada. Unos minutos más tarde. Las dos estaban en la cocina. Sentadas alrededor de una mesa de doble hoja. Llena de migas de pan del desayuno. Nunca fue una chica aseada para la casa.
-¿Por qué me has llamado?- Olvido fue directa.
-Yo también me alegro de verte-. Estaba peor de lo que se imaginaba.
-Por favor, Teresa. Se miró las uñas, ya no estaba enamorada de ella. No era mala, sólo salió perdiendo.
-Me llamaron hace una semana. No sabía nada de que lo habíais dejado y tuve que ir al hospital.
-¿Cómo está?
-No habla, no come. Está sedado y conectado a una máquina que le ayuda a vivir. Los médicos dicen que no está en coma es como una especie de catatonia. Pensé que tú podrías ayudarlo-. Había sinceridad en las palabras de Teresa.
-¿Podemos verlo ahora?

Las dos examigas se marcharon a Leganés. Ni una sola palabra por el camino. Ni una sola mirada. Nada, no quedaba nada.

Unos pequeños tramites y en pocos minutos se dirigieron a la habitación donde habían alojado a Mikel. Olvido se sorprendió, pensó que oiría voces de enajenados, comportamientos antinaturales. Nada. Mucho silencio. Al fondo del pasillo una enfermera les indicó la habitación en la que estaba Mikel. Una mano miedosa empujaba la puerta. Al fondo, la contraluz.  La vista se hizo. Un grito desgarrador. Un desmayo. Sangre en el suelo.

Jon Barcam.

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