-Pasa
hija. Dame un beso. Deja aquí tu maleta. Te la recojo yo -. Estaba claro a
quien salía Olvido, su madre hablaba igual que ella.-Yo creo que a tu madre le
encanta Azorín-, le decía Mikel, a la vez que soltaba una carcajada contenida.
Olvido era de ciencias.
-¿Has
desayunado?, ¿tienes hambre?
-Basta
mamá, por favor. Si necesito algo te avisaré. Gracias-. Era como escuchar la
conversación entre dos autómatas. A pesar de todo, Olvido estaba calmada.-
¿Dónde está?
-Se
lo han llevado a Leganés. Por lo visto no había camas en Madrid. Me llamó su
hermana. Está vivo de milagro-. A Juana se le notaba enseguida cuando estaba
nerviosa, no tenía tacto.- No sé gran cosa. El psiquiátrico ese está bien,
pero… ya sabes es un psiquiátrico…- Juana sentía mucho aprecio por Mikel, la
visitaba de vez en cuando y le contaba cómo estaba su hija. Olvido no lo sabía
y eso hacía crecer el valor de las visitas.
-¿Dónde
está Teresa?-. La hermana de Mikel era policía. No le interesó nunca la vida de
su hermano. El día en que la llamaron, hacía tres años que no sabía nada de él.
Era el único familiar que le quedaba vivo a Mikel. No lo quería, lo odiaba.
Teresa estaba enamorada de Olvido y Mikel se la quitó, al menos, eso pensaba
ella. No se lo perdonaría jamás.
-Esta
es su dirección-. Un papel arrancado de un cuaderno con letras en negro y una
dirección del sur de Madrid. Un barrio como otro cualquiera, entre Ciudad
Lineal y San Blas.
El
portal estaba lleno de propaganda. Era increíble la cantidad de publicidad que
se podía depositar en los buzones en un solo día. A Mikel le gustaba leer esos
grandes folletos, con grandes televisores, tablets y demás aparatos
electrónicos. Se hacía ilusiones y soñaba con montar una gran sala de cine, un
sonido espectacular y una imagen más allá de lo tridimensional. Las ilusiones
de los pobres van triturando a pocos las esperanzas de una vida normal.
Olvido empezó a sentirse incómoda, no le
gustaba el olor a humedad del edificio. A medida que iba subiendo escaleras, la
temperatura ambiente iba subiendo. Tenía que ser pisos de alquiler en su
mayoría. Todo estaba demasiado descuidado. Hacía mucho tiempo que no se
pintaban las escaleras. Muchos inmigrantes. Los olores de las comidas los
delataban. Diferentes. El cordero le daba ganas de vomitar, recuerdos de una
infancia de legumbres. Se tapó la boca, imposible remediarlo, las arcadas le
venían desde lo más profundo de su estómago. ¡Dios que asco!
Llamó
al timbre de manera compulsiva, tenía que entrar. La puerta se abrió y Olvido
pasó sin que Teresa la invitase. La conocía bien, no le molestó.
-Hola
Olvido, pasa por favor-. No era ironía. Puro amargor, rancio, de ese que ya no
se va.
No
le costó demasiado encontrar el baño, Teresa tenía la puerta abierta y se podía
ver desde la entrada. Unos minutos más tarde. Las dos estaban en la cocina. Sentadas
alrededor de una mesa de doble hoja. Llena de migas de pan del desayuno. Nunca
fue una chica aseada para la casa.
-¿Por
qué me has llamado?- Olvido fue directa.
-Yo
también me alegro de verte-. Estaba peor de lo que se imaginaba.
-Por
favor, Teresa. Se miró las uñas, ya no estaba enamorada de ella. No era mala,
sólo salió perdiendo.
-Me
llamaron hace una semana. No sabía nada de que lo habíais dejado y tuve que ir
al hospital.
-¿Cómo
está?
-No
habla, no come. Está sedado y conectado a una máquina que le ayuda a vivir. Los
médicos dicen que no está en coma es como una especie de catatonia. Pensé que
tú podrías ayudarlo-. Había sinceridad en las palabras de Teresa.
-¿Podemos
verlo ahora?
Las
dos examigas se marcharon a Leganés. Ni una sola palabra por el camino. Ni una
sola mirada. Nada, no quedaba nada.
Unos
pequeños tramites y en pocos minutos se dirigieron a la habitación donde habían
alojado a Mikel. Olvido se sorprendió, pensó que oiría voces de enajenados,
comportamientos antinaturales. Nada. Mucho silencio. Al fondo del pasillo una
enfermera les indicó la habitación en la que estaba Mikel. Una mano miedosa
empujaba la puerta. Al fondo, la contraluz. La vista se hizo. Un grito desgarrador. Un desmayo. Sangre en el suelo.
Jon Barcam.
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