domingo, 1 de junio de 2014

Los tiburones no escriben a los muertos desnudos. Capítulo 4.


4.
-No me gustan las palabras malsonantes, ya lo sabes.- Julio se reía por dentro, lo había hecho para fastidiar. 
- Perdona, no era mi intención…
- Seguro…,- dijo entre dientes Fermín. Esta vez le gustaba el relato. Se le veía en los ojos. Devoraban el texto.
- Fermín…
- ¡Te he dicho que no!
-Pero es mi padre el que paga las facturas, me está exigiendo conocerte-. Julio venía de un pueblo de Teruel. Su padre le pagó los estudios de Derecho en Barcelona. Después de tres años en blanco, se armó de valor y se lo dijo,- Padre, lo que realmente me gusta es escribir. Su padre se rio en su cara y lo matriculó en Medicina. Casualidades del destino allí conoció a Fermín, era su profesor de Anatomía Humana.
- Esta bien, te propongo un trato, si dentro de dos semanas me traes algo deslumbrante, te prometo que iré en persona a tu pueblo a conocer a tu padre. Julio no sabía que decir, era algo inimaginable ¡¡¡Fermín en su pueblo!!!
- No es necesario…
- ¡Ese es el trato!, lo tomas o lo dejas.- Julio se quedó pensativo. No sabía qué decir.
- Déjame que lo piense, luego te llamo.- Fermín sabía que Julio diría que no, por eso se le propuso.

Al llegar a casa se sentó en la única silla que había en la cocina. Pensó en la oferta de Fermín. En realidad lo había decidido al segundo de recibir la propuesta de su mentor, llevaba esperando toda la vida ese momento. Sonreía y entre dientes se escapaban palabras pequeñas- papá, papá, papá… Fermín y sus infalibles pensamientos. Mierdas de certezas humanas.
Va todo según lo previsto, (la mente es una máquina de sino maligno)

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