-Teresa, por favor, puedes leer tu redacción-. Podían haberla
mandado a cualquier colegio del país, pero Manolo creía en la educación pública
y gratuita. En realidad, no le apetecía gastarse el dinero en un colegio
elitista,- de todas maneras, para nuestro trabajo, no es necesario estudiar en
la universidad-, Manolo trataba de justificarse. ¡No podía vivir sin Teresa!
Juani lo sabía, por eso nunca estuvo en contra, al menos, nunca se lo dijo.
- Doña Emilia, no tengo hecha la redacción-. Teresa era una chica
poco aplicada, no le hacía falta ser una experta en Historia, Matemáticas o
Lengua, ella sabía lo que tenía que saber, tenía picardía y mala leche, lo
ingredientes necesarios para la empresa familiar, al menos eso pensaba la
chiquilla. Sin embargo, Juani le decía una y otra vez, que en el mundo de sus
negocios, el peligroso no es el que aprieta el gatillo, es el que convence a
otro para que lo haga. Teresa no era así, nunca lo sería, era como su padre,
impulsiva, adicta a la adrenalina. Juani lo sabía, trató de moldearla mientras
que fue posible.
- Estás castigada, ¡al despacho del director!- Emilia pidió el
traslado al año siguiente. Nadie volvió a preguntar por ella. Teresa diez años
después, se graduó en la escuela pública, su padre le regaló una yegua. Ella
esperaba otra cosa. Al llegar a casa, en el patio trasero, Manolo degolló al
animal en presencia de Teresa. Juani no aprobaba esos arrebatos delante de la
niña. En uno de ellos, dos años después de lo de la yegua, Manolo la echó de
casa. Ella se fue, nunca miró atrás, volvió al pueblo con su tía Eugenia. Nadie
supo que había hecho los últimos veinte años. Se atrevió a dar el paso que
todos desean, de la locura a la cordura, de la muerte a la vida, para regresar
de nuevo, años después, a la muerte en vida.
Jon Barcam
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